No me he vuelto loca, más bien resulta que después de sufrir la avalancha de demostraciones de amor sanvalentineras me he descubierto pensando cuáles son las claves del éxito de una relación, si es que es posible medirlas o identificarlas. Y me he encontrado con datos como este: durante 2017 se registraron en España 71.919 matrimonios, casi 700 más que durante el año anterior, y la tasa de divorcios no hace más que bajar año tras año.
Esto quiere decir una de dos: o que la gente sigue creyendo en el amor (¡bien!) o que la gente se casa por tradición y no por amor (¡mal!).
Como no quiero ponerme en plan Grinch cínico, vamos a darle una oportunidad a la primera opción. ¡Las unusual rebels creemos en el amor!
El problema es que unos años después del Gran Día, el “vivieron felices para siempre” parece brillar por su ausencia en la mayoría de las parejas: según el psicólogo especialista en relaciones Ty Tashiro, el 90% de las personas pasan por el altar al menos una vez en su vida, pero sorprendentemente solo 3 de cada 10 tienen un matrimonio sano y feliz. Esto son datos de Estados Unidos, pero creo que las estadísticas españolas no andarán muy lejos.
Y no son muy esperanzadoras.
Y claro, es ver esto y una no puede evitar desanimarse y empezar a pensar que es imposible convivir y mantener viva la llama del amor, que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, etc etc. Pero la verdad es que las cosas son mucho más simples de lo que parecen. Conste que no lo digo yo, sino los científicos, que eso siempre queda mejor.
Los temas maritales se empezaron a estudiar en la década de los 70 en respuesta a una crisis amorosa generalizada: las cuotas de divorcios estaban aumentando a una velocidad sin precedentes, y los psicólogos estaban preocupados por el impacto que estos divorcios podrían tener en los hijos de matrimonios rotos.
El laboratorio del amor
El psicólogo John Gottman empezó a realizar sus hallazgos más importantes en 1986, cuando junto con su colega Robert Levenson, creó The Love Lab (el laboratorio del amor) en la Universidad de Washington. Gottam y Levenson analizaron las interacciones entre varias parejas de recién casados, haciéndoles preguntas sobre su relación: cómo se conocieron, qué memorias positivas tenían de su relación, qué conflictos habían afrontado juntos…
Mientras ellos hablaban, unos electrodos medían su pulso, el flujo de su sangre y su nivel de sudor, entre otros indicadores. Tras estas pruebas, Gottman y Levenson les siguieron la pista durante los seis años posteriores para ver si seguían juntos.
Gracias a los datos que recopilaron dividieron a las parejas en dos grupos: los “masters” y los “disasters”.
Creo que sobran las traducciones. Los masters eran esa rara especie que vive felizmente casada, y los disasters habían roto o vivían en un matrimonio crónicamente infeliz.
Los disasters
Los miembros de las parejas «desastrosas» mostraron signos de estar constantemente en modo «lucha-o-huida» en sus interacciones conyugales.
Vamos, que no hay quien hable tranquilamente con ellos porque su interruptor tiene dos posiciones: o se ponen a la defensiva o evitan la conversación. Para estos individuos, el simple hecho de mantener una conversación sentados al lado de su pareja era como enfrentarse a un tigre de dientes de sable.
O al menos, su cuerpo lo sentía así y reaccionaba igual. Chungo.
Los masters
En cambio, los “masters” mostraban una agitación fisiológica menor. Esto no quiere decir que los masters fueran por naturaleza mejores en el amor, sino que habían conseguido crear un clima de confianza e intimidad que facilitaba que ambos miembros de la pareja se sintieran emocionalmente (y por lo tanto también físicamente) confortables.
Incluso durante las peleas, que claramente son el momento donde es más difícil mantener la calma y las buenas intenciones. (Nota mental: También es el momento donde es clave mantenerlas. Nadie dijo que fuera fácil, solo que valdría la pena).
Gottman, motivado por los resultados, siguió con sus estudios durante la década de los 90: su objetivo era descubrir cómo los masters creaban ese clima de amor y afecto, y cómo los disasters lo chafaban todo. En uno de estos estudios, hizo un descubrimiento crítico que llega al corazón de por qué algunas relaciones prosperan mientras otras languidecen.
¿La receta del amor eterno?
Aquí entramos en el meollo de la cuestión: Gottman descubrió que el indicador más importante de estabilidad y satisfacción en una relación (aparte de la estabilidad emocional, también conocida como no estar chiflado) es (redoble de tambores) la amabilidad (o generosidad, bondad, consideración…como queramos llamarlo).
La amabilidad hace que cada miembro de la pareja se sienta querido, comprendido y validado. Amado, al fin y al cabo, que es lo que todos queremos, ¿no?
Asimismo, Gottman descubrió que el desprecio es la kriptonita de las relaciones.
La bondad y compartir: ¡bingo!
Pero vayamos por partes. Como explica Julie Gottman, mujer y señora de Gottman, además de cofundadora del Instituto homónimo para la Investigación de las Relaciones:
“La bondad no significa que no expresemos nuestra cólera, pero sí informa de cómo decidimos expresar nuestro enfado. Usted puede echar pestes de su compañero o puede explicarle por qué se siente herido y enfadado. Este es el camino más amable”.
Cuando la gente piensa en la bondad, normalmente le vienen a la cabeza pequeños actos de generosidad, como comprar regalos o darse masajes. Aunque estos detalles están muy bien, una de las principales vías para cultivar la generosidad en la pareja es cuidar la calidad de las interacciones en el día a día, bombones y masajes aparte.
Otra herramienta muy poderosa en este sentido es la alegría compartida, es decir, la capacidad de cada miembro de la pareja para alegrarse de los éxitos del otro. De hecho, uno de los signos más característicos de las famosas parejas desastre es el desinterés hacia su compañero, especialmente cuando éste le transmite sus buenas noticias o entusiasmo por algo. El «Ajam, qué bien cariño (no sé ni lo que me has dicho)» es mal!
Por otra parte, las personas que tratan a sus parejas con desprecio y las critican constantemente no solo acaban con la chispa de su relación, sino que también destruyen la habilidad de su pareja de luchar contra virus y tumores varios. Aquí tenemos, una vez más, un nexo de unión entre sentimientos y síntomas físicos: cuando una persona es feliz, su sistema inmunológico es más fuerte, y viceversa. Para que luego menospreciemos el poder de la mente…
La verdad es que estos datos me han sorprendido por su sencillez: no hay fórmulas mágicas ni pócimas milagrosas para el amor eterno, sino que tenemos que tirar más bien hacia los valores de siempre: confianza, generosidad, afecto…Tan fácil y tan difícil a la vez, ¿verdad?
¿Tú qué opinas, que te parecen estos datos?
Si has abierto el post libreta y boli en mano, impaciente por apuntar los ingredientes de una poción de amor quizá estés decepcionado, pero por otra parte resulta esperanzador que con un poco de sentido común y unos cuidados diarios podamos vivir felices y comer perdices, ¿no?¡Espero tus impresiones en los comentarios!





Me sonaba el estudio y me parecen muy interesantes sus resultados.
Evidentemente tratar con desprecio a tu pareja no te puede llevar a nada bueno. Creo que en las interacciones del día a día está la clave y en como afrontamos las diferencias. Siempre hay que decir las cosas desde el respeto y con amabilidad.
Hola Desirée., totalmente de acuerdo…Hay que empezar (yo la primera) a ser un poco más conscientes en el día a día, a ponerle mimo a todo, no solo en nuestra vida de pareja, sino en todas nuestras relaciones :) ¡Gracias por pasarte!